El verano ha tardado en llegar y sin embargo el tiempo parece que pasa volando. Mayo siempre es un mes ajetreado porque la ciudad se llena de fiestas (y de trabajo). Escribir, terminar las clases con los alumnos y preparar mi examen de francés ha ocupado gran parte de las horas, el resto, una vida en ebullición.
Entre las miles de cosas geniales que trae consigo esta estación del año están las cerezas (y el andar descalza por casa).
Una inesperada tormenta acabó dejándonos un cielo precioso, así que Bijou y yo salimos a disfrutarlo por los alrededores de la piscina. El sonido de miles de insectos y las gotas de lluvia que seguían deslizándose por las hojas hasta el suelo llamaban más su atención que mi voz.
Lo mejor es que ya tenemos nuestros billetes para Londres pero antes de que llegue el día de volar aún nos espera un festival, una escapada a la playa, una final de campeonato (y no hablo del Mundial, claro), y un par de conciertos.
Aquí, este sábado, esperando a que empiece la fiesta de fin de curso del colegio.
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