jueves, 20 de marzo de 2014

Un fin de semana en Mallorca (y II)

El sábado nos levantamos, desayunamos y pusimos rumbo a Valldemossa. Seguimos la carretera de la Sierra, así descubrimos la Tramuntana, recorriéndola por completo, haciendo paradas en algunos de los miradores que encontramos por el camino y que tienen unas vistas fantásticas de los acantilados y las playas de agua turquesa, como la Torre des Verger o Mirador de ses Ànimes (Banyalbufar - Mallorca); en la carretera a Estellencs (C-710 Pollença – Andratx), a la altura del kilómetro 88,6 y sobre un acantilado, uno de los lugares más hermosos de la costa de Tramuntana. La construcción está fechada sobre 1579 y fue restaurada hace unos años. Las vistas que ofrece de la costa y los acantilados son espectaculares. El azul es infinito.


Llegamos a Valldemossa prácticamente a la hora de comer. Y el pueblo es precioso, tiene unas calles de cuento y unos miradores increíbles, perfecto para un retiro espiritual; supongo que por eso lo escogería Chopin para su descanso junto a George Sand. Entramos en las celdas que ocuparon en la Cartuja y el patio privado que tenían, el que se respiraba tranquilidad y sólo se oía el rumor del agua de la fuente y desde el que podían disfrutarse unas vistas de la sierra y la parte baja del pueblo. Allí está el piano que el propio Chopin tocaba y muchas de sus cartas, dibujos y fragmentos de las obras de George Sand.


Comimos el famoso bocadillo de sobrasada del que mi hermana venía contando maravillas… estaba buenísimo! Y, después de una ruta por las calles más bonitas, tomamos un café para probar también la ensaimada y la coca de patata. Como recuerdo, compramos las típicas bolsitas de tela bordada, pero ya las enseñaré en otro momento.


De allí, y siguiendo la carretera de la costa, llegamos a Sóller, que resultó ser un pueblo muy tranquilo, nada turístico como Valldemossa, y en el que tuve la sensación de que las calles olían a húmedo y a antiguo. Nos asomamos a alguna ventana de los viejos caserones, donde parecía que nada había cambiado en los últimos cincuenta años. Toda la oscuridad de las calles se pierde al llegar a la Plaza de la Constitución, donde nos sorprendió muchísimo la belleza de Sant Bartomeu, una iglesia que aparece espectacular con las montañas al fondo y con sus vetustos muros en piedra blanca. Os aseguro que es preciosa.


Bajamos hasta el puerto, en cuya arena esperamos ver caer la tarde y hacer unas fotos del anochecer. Allí, tampoco había olas. Todas aquellas playas en calma parecen ser las orillas de un lago inmenso donde el agua nunca se mueve.


Ya a última hora de la tarde regresamos a Palma. Nos duchamos y salimos a cenar a un restaurante, del que no recuerdo el nombre, justo en la playa, enfrente del hotel. El dueño fue muy simpático, preguntándonos de dónde éramos, cuáles eran los platos típicos de Córdoba, etc. Allí, entre otras cosas, probamos los mejores mejillones al vapor que he comido nunca y el frito mallorquín, que es una especie de pisto con muchas hierbas aromáticas y carne muy picadita. Todo estaba muy bueno. 


Por la mañana nos levantamos tempranísimo para desayunar e ir al aeropuerto. Y en Madrid, aprovechamos para ir al Prado y ver la Gioconda, donde por cierto, nos encontramos a Jennifer Connelly disfrutando también de la colección del museo. 

Llevábamos mucho tiempo esperando este viaje. Lo hemos disfrutado muchísimo pero.. qué rápido ha pasado nuestro fin de semana mallorquín genial!

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